En 1982 una corriente socialdemócrata pagada desde Alemania invadió el país cual tsunami. En aquellas elecciones el que fuera, progre, progresista, medio izquierdista, centro-izquierdista, socialista o eurocomunista y no votara al PSOE recibía un gesto de desaprobación porque la cosa estaba clarísima. De nada servía que se argumentara que se iba a conformar un gobierno para apuntalar el capitalismo, entrar en la OTAN y la UE, desindrustializar el país y acallar las calles de huelgas y protestas tal como querían los poderes fácticos-económicos. Usaron anzuelos como la movida y expresiones tipo «a disfrutar de la democracia», pero eso sí, en casa y en el ocio para que ellos, los «nuestros», pudieran hacer su trabajo de modernización, es decir, de desideologización.

Hoy, casi cuarenta años después, vemos la foto de su primer gobierno (por cierto bastante falto de paridad) con personajes siniestros, y cuesta creer que se hubiera podido vender con tanto éxito en las clases populares como un gobierno de «izquierda». La Historia no los absolvió y, por si fuera poco, está a punto de repetirse como farsa.

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