Cuando se convoca una huelga general, los que se oponen a la misma siempre tienden a defender su postura recurriendo a una sucesión de argumentos tan ridículos como insultantes: “No es momento de convocar una huelga, sino de trabajar codo con codo sindicatos, gobierno y empresarios para solucionar los problemas generados por la crisis económica”; “Los empresarios están pasándolo mal, y hay que apoyarlos porque generan riqueza para el país”; “Esta huelga no tiene sentido porque perjudica a los trabajadores…”

Poca originalidad, como se puede observar, y poca vergüenza la de estos sesudos individuos. Y todo ello como si, en verdad, la solución a la actual crisis pudiera llegar con una enésima sumisión por parte de los trabajadores; o como si aquella no exigiera un cambio radical en el sistema económico y social que los gobiernos —tanto el central como el autonómico—, sabemos, no están dispuestos a afrontar. Los parches ocultan los problemas, pero, cuando el material adhesivo caduca y se caen, lo que normalmente observamos no es un problema solucionado sino, por lo general, uno mucho más grave.

Como siempre que se convoca una huelga, los contrarios a su realización tratan de deslegitimar la convocatoria, primero, para después pasar a minimizar el posible éxito de participación que ésta pudiera obtener. Para eso, una de las herramientas que más a menudo utilizan —ya la están utilizando— es el insistir y denunciar hasta la saciedad, desde sus poderosos medios de comunicación, la actividad de los llamados piquetes de información —de coacción, dicen ellos—. Aseguran que muchas personas quieren ir a trabajar, pero dejarán de hacerlo porque se sienten coaccionados por dichos piquetes.

No voy a entrar ahora en si los piquetes favorables a la huelga coaccionan o no. Lo que sí haré, aunque muy brevemente, es desenmascarar a “los otros piquetes”, a los que casi nunca se tiene en cuenta y, sin embargo, juegan un papel muy importante en el éxito o fracaso de una huelga. Me estoy refiriendo a los propios empresarios, que estos sí que coaccionan, y además de una manera más eficaz y contundente.

Actualmente un porcentaje muy elevado del trabajo existente es precario y eventual. Eso significa que las personas que lo realizan pueden ser despedidas con una facilidad pasmosa —en realidad los fijos también—, máxime cuando hoy, en el Estado español, existe un ejército de parados esperando acceder al mundo laboral —más de tres millones de personas, sin contar las que trabajan pero no cobran ni para pasar medio mes—. Esta evidencia me lleva a hacerme un par de preguntas: ¿cuántas personas que desean sumarse a la huelga dejarán de hacerlo por miedo a las represalias que pudieran aplicarles los dueños de su fuerza de trabajo?, ¿es o no coactiva la “actividad piquetera” que el empresario ejerce sobre sus trabajadores?

Existe además otro sector de asalariados, y no precisamente pequeño, que también se lo pensarán dos veces a la hora de secundar o no la huelga. Sabemos que en el sistema capitalista la economía se basa en el consumo. Sabemos también que la incitación a él, por parte de quienes ostentan la maquinaria del poder, además de agresiva es el pan nuestro de cada día. ¿Cuántas personas no han caído en la tentación consumista y a día de hoy están tremenda e innecesariamente endeudadas? Por otra parte, el sistema capitalista que nos rige es una fuente que chorrea desigualdades a raudales. De modo que no hace falta endeudarse en exceso para llegar muy justo a final de cada mes, máxime cuando el consumo básico y diario está por la nubes.

En el Estado español el salario mínimo interprofesional —SMI— es escandalosamente bajo, muy por debajo del de la mayoría de los países europeos, por más que el Gobierno “progresista” actual se apunte el tanto de haberlo subido (por cierto, a una cantidad con la que ellos y ellas no serían capaces ni de pasar una semana). Es obvio, pues, que para estas personas el cobrar un día menos de sueldo —el de la huelga— supone un gran esfuerzo y una tremenda duda a la hora de apoyar o no la convocatoria. ¿Cuántos de estos trabajadores y trabajadoras dejarán de apoyar finalmente la huelga en contra de su voluntad? Es probable que muchas.

A esto habría que sumarle el inaceptable por ciento de los servicios mínimos exigidos. ¡Y aún tienen la desfachatez de decirnos que la huelga es un derecho…! ¿Es la huelga, en verdad, un ejercicio factible para todos los trabajadores? Es evidente que no. Luego, ¡que no nos vengan con cuentos! La huelga general del 30 de enero está más que justificada, y, para apoyarla, a los trabajadores y trabajadoras nos sobran los motivos.

Digan lo que digan e independientemente del resultado de la misma, el solo hecho de haber sido convocada en medio de tanta sumisión y generalizada apatía ya es una victoria.